DISTURBED
Muy buenas noches, tardes,
mañanas o días Sr.Morrison, se preguntará el porqué escribo esto o el motivo de
mi sinceridad en esta carta, ya debería saberlo, es usted mi loquero, ¿no?
Vengo a intentar explicar ese suceso, ya sabe usted cual, y espero que no piense en la muerte de mi madrastra cocanómana o el antecesor abandono de mi padre, no, esto se remonta a cuando yo tenía 15 años, ya que el abandono, si recuerda de la última cita, ocurrió a les 16 y dicha muerte por esa puta drogadicta a los 18.
Bueno, pues en esta corta edad, a los 15, yo al igual que todos los malditos críos, estaba más salido que el canto de una mesa, y podrás preguntarte, ¿y qué tiene eso que ver con mi inestabilidad mental? Pues tan simple como que conocí una chica, que hizo que el canto de la mesa, se hiciese redondo.
Era verano, y su pelo rubio se podía ver a kilómetros, aunque llevaba unas californianas rosa, era raramente excitante, o por lo menos a mi parecer lo era, y he de confesar doctor, que la primera vez que me fijé en ella, pensé en empotrarla bruscamente contra el cabecero de la cama, follarla encima de la encimera o comerle el coño en la ducha, ¿cree que estoy enfermo? ¿O solo yo creo percatarme de ello?
Al observarla mejor, pude ver que era preciosa, y aunque suene raro, esas orejas de soplillo como ella les llama, me enamoraron, y vamos, mis fantasías sexuales se incrementaron al girarse, pedazo de culo ¿sabe doctor? Me apuesto la manga de mi camisa de cuerdas a que no ha visto uno mejor.
¿Y se preguntará el porqué? El cuándo? ¿Y el donde?
Pues nunca ocurrió, ya que nunca me atreví a acercarme, simplemente me atrevía a tocarme en mi casa penando en todas las guarradas que soñaba hacerle.
Todo fue a peor en los próximos meses, ya que seguía con mi obsesión, malsana obsesión por cierto.
A día de hoy ya lo recuerdo como una vaga visión, pero dios, como desearía hacerle todas esas cosas, creo que mi desvarío viene dado por la medicación a la que usted, ¡maldito bastardo hijo de puta me ha sometido en este centro psiquiátrico por el simple hecho de haber arrojado el cadáver de mi madrastra al río!
Las camisas de fuerza pueden detener un cuerpo, pero no un sentimiento, y menos aún el de venganza.
Como ya le he dicho, iba a ser totalmente sincero, ahora, mire detrás de usted, en esa butaca de color marrón con pequeños agujeros abotonados al fondo, venga, girase sin miedo, puede que esté ahí, o en mi celda blanca, con mi camisa de fuerza blanca, y mi mente en blanco.
Vengo a intentar explicar ese suceso, ya sabe usted cual, y espero que no piense en la muerte de mi madrastra cocanómana o el antecesor abandono de mi padre, no, esto se remonta a cuando yo tenía 15 años, ya que el abandono, si recuerda de la última cita, ocurrió a les 16 y dicha muerte por esa puta drogadicta a los 18.
Bueno, pues en esta corta edad, a los 15, yo al igual que todos los malditos críos, estaba más salido que el canto de una mesa, y podrás preguntarte, ¿y qué tiene eso que ver con mi inestabilidad mental? Pues tan simple como que conocí una chica, que hizo que el canto de la mesa, se hiciese redondo.
Era verano, y su pelo rubio se podía ver a kilómetros, aunque llevaba unas californianas rosa, era raramente excitante, o por lo menos a mi parecer lo era, y he de confesar doctor, que la primera vez que me fijé en ella, pensé en empotrarla bruscamente contra el cabecero de la cama, follarla encima de la encimera o comerle el coño en la ducha, ¿cree que estoy enfermo? ¿O solo yo creo percatarme de ello?
Al observarla mejor, pude ver que era preciosa, y aunque suene raro, esas orejas de soplillo como ella les llama, me enamoraron, y vamos, mis fantasías sexuales se incrementaron al girarse, pedazo de culo ¿sabe doctor? Me apuesto la manga de mi camisa de cuerdas a que no ha visto uno mejor.
¿Y se preguntará el porqué? El cuándo? ¿Y el donde?
Pues nunca ocurrió, ya que nunca me atreví a acercarme, simplemente me atrevía a tocarme en mi casa penando en todas las guarradas que soñaba hacerle.
Todo fue a peor en los próximos meses, ya que seguía con mi obsesión, malsana obsesión por cierto.
A día de hoy ya lo recuerdo como una vaga visión, pero dios, como desearía hacerle todas esas cosas, creo que mi desvarío viene dado por la medicación a la que usted, ¡maldito bastardo hijo de puta me ha sometido en este centro psiquiátrico por el simple hecho de haber arrojado el cadáver de mi madrastra al río!
Las camisas de fuerza pueden detener un cuerpo, pero no un sentimiento, y menos aún el de venganza.
Como ya le he dicho, iba a ser totalmente sincero, ahora, mire detrás de usted, en esa butaca de color marrón con pequeños agujeros abotonados al fondo, venga, girase sin miedo, puede que esté ahí, o en mi celda blanca, con mi camisa de fuerza blanca, y mi mente en blanco.
"Para su pobre decepción, en esa mente blanca, hay un cuerpo
desnudo, macabro y sangriento, puede que sea usted, piense a quien llama loco
la próxima vez"